El truco del éxito
En esta era particularmente estética, dominada por las redes sociales, pareciera que el objetivo ya no es “ser” sino “lucir como que soy”.
No sé si coincides conmigo, pero parece que hay una desesperación colectiva por mostrar “¡mira! estoy en la cima de la montaña social”. Este fenómeno no es ajeno a emprendedores, empresarios, profesionistas, y ahora con el tema del “personal branding”… bueno, empalagosa la cosa. Se ha vuelto más importante “mostrar que soy chingón” que “ser chingón”.
Y aquí es donde empieza lo peligroso. Porque esta obsesión por la estética del éxito no es solo vanidad superficial. Es el primer síntoma de algo mucho más profundo: hemos desarrollado una serie de sesgos psicológicos que distorsionan completamente nuestra relación con el éxito. Sesgos que nos hacen perseguir cosas que no necesariamente queremos, sacrificar lo que sí nos importa, y peor aún, convencernos de que el sufrimiento es prueba de que vamos por el buen camino.
Lo que más me llama la atención es el sesgo con el cual vemos al éxito. Sus seguidores lo ven hermoso, como si fuera un destino liberador de todos los deseos. Y aquellos que lo alcanzan pareciera que han llegado a ese lugar donde los problemas quedaron atrás, como si estuvieran en un podio viendo al resto de las personas sufrir mientras los que sí lograron el “éxito” ya se despojaron de esos problemas domésticos que la mayoría tiene.
Esta construcción social genera lo que los psicólogos llamamos sesgo de confirmación: solo podemos ver la evidencia que confirma nuestras creencias previas. La realidad es que pocas personas, después de ver los logros de un empresario, se preguntan: “¿De qué tamaño habrá sido la chinga que se pegó para llegar donde está?”, porque nadie quiere saber de la chinga, solo se fijan en la parte estética del resultado.
La contradicción que cambió mi enfoque.
En mi carrera hubo un momento que fue un parteaguas: escuchar a personas exitosas, que habían escalado a la parte alta de la pirámide de Maslow, confesarme todos los sufrimientos que les causaba su empresa. La pregunta natural que me hice —y que quizás cualquiera se haría— fue: “¿Cómo es posible que esta persona, que ha reunido todos los símbolos del éxito, se encuentre declarándose miserable en esta sesión?”
Pero la historia no termina ahí. Junto con la narración del sufrimiento venía una lista de síntomas: noches sin dormir, irritabilidad, palpitaciones y una serie de molestias físicas claramente detonadas por el negocio del cual eran dueños.
Esta contradicción fue lo que me impulsó a desarrollar un modelo que usara la psicología enfocada en la mente del empresario, para poder alinear esa expectativa mental con la realidad que le toca vivir al dueño de la empresa.
La gente abre una empresa parcialmente ciega del esfuerzo que requiere poner. Claro que saben que va a haber sacrificios. Lo que quiero decir es que no miden cómo lo van a sentir en su propia piel, es decir, en forma de trastornos clínicamente estructurados.
Una metáfora sería que el éxito viene con un contrato en el cual hay letra chiquita. Claro que aunque leamos esa letra chiquita vamos a continuar adelante. Y eso, quizá, es lo admirable de las personas que deciden abrir y crecer una empresa.
Los intercambios silenciosos del éxito.
Aquí es donde se pone interesante la psicología detrás de tu búsqueda del éxito. Lo que voy a decirte probablemente lo has vivido en carne propia.
El espejismo de los sacrificios temporales
Uno de los primeros y más poderosos sesgos del éxito es que lo buscas pensando que los sacrificios que estás realizando son temporales y van a caducar apenas llegues a cierto nivel. “Cuando la empresa esté bien establecida, seguro tendré más tiempo para mí, para mi salud, para mi familia.” Este tipo de pensamiento es muy difícil de contradecir porque tu cerebro lo elabora con toda la lógica del mundo: primero el sacrificio, después la recompensa.
El problema es que esta promesa aparentemente lógica toma la forma de espejismo psicológico. Parece que nunca llega y que conforme te vas acercando, se retira un poco más. Por supuesto, esta es una de las historias que más escucho en sesiones: esa búsqueda incansable de ese nivel de descanso que parece nunca llegar.
La adicción al siguiente nivel
Lo que muchos empresarios no logran comprender —y que la psicología ayuda muy bien a desmenuzar— es que el éxito empresarial genera una especie de adicción. Cada meta alcanzada ya no produce la satisfacción que habías imaginado en el pasado. Una vez alcanzada, ya tienes en la cabeza la siguiente meta. Lo saciado no genera rush. Bye, ¿ahora qué sigue?
Quiero aclarar que no discuto esto ni lo voy a etiquetar como codicia. Al contrario, lo tengo muy bien documentado en mi catálogo de rasgos poderosos que distinguen a los empresarios, y por supuesto es un rasgo al que le atribuyo gran parte del resultado que obtienen. Lo que sí vale la pena es identificar que esto sucede, de manera que cada nivel alcanzado no simplifica la situación del deseo, sino que la multiplica exponencialmente.
Se convierte entonces en una carrera sin fin en la que cada meta lograda perdió su calidad de meta y simplemente fue un eslabón más para esa nueva meta que se va replanteando constantemente, el hecho es que van redefiniendo sus objetivos sin parar. ¿Cuestionable? O ¿será precisamente eso lo que los convierte en empresarios?
Estos objetivos suelen redimensionarse cuando te haces una pregunta que escucho mucho: “¿Será que hasta acá llegué?”
Esta pregunta se la hace todo dueño de pyme, al menos los que yo he recibido en terapia. Me buscan cuando se sienten estancados y me confiesan que esa es la pregunta que se hacen, tratando de descubrir si ya agotaron todos sus cartuchos de talento y capacidades.
Te podrás imaginar que cuando descubren en terapia que todavía les queda espacio para crecer, se van a arremangar de nuevo la camisa y se van a lanzar de cabeza en la búsqueda de aumentar esa facturación, las sucursales, o lo que signifique crecimiento.
Los sesgos más peligrosos.
El síndrome de Atlas empresarial
Ahora bien, hay otro sesgo un poco más sutil: la búsqueda del éxito te convence de que eres indispensable.
Lo interesante de esta creencia es que cuando se cruza con una herencia cultural hispanoamericana de que tenemos que ser responsables de todo, se va construyendo una especie de síndrome de Atlas. Entonces asumes que tu éxito está atado al sufrimiento natural que te produce ser el único que puede solucionar absolutamente todas las cosas de tu empresa.
Creerte la empresa en lugar de tenerla
Hay un sesgo en el que “te crees tu empresa” en vez de “tener una empresa”.
Si ya viste la serie “Severance”, podemos ilustrar un ejemplo extraordinario de cómo los empleados que entraban a esa organización, en el elevador, tenían algún tipo de estímulo que les hacía olvidarse de quién eran en la vida personal. Se eliminaba su memoria y solamente encarnaban un sujeto que tenía una vida laboral.
A mí personalmente me encanta esa serie por la propuesta que trae. Sin embargo, cuando nos salimos de la fantasía del guión, todos tenemos que aceptar que somos la misma persona tanto en el trabajo como fuera de él. No estoy hablando de si puedes modular tus comportamientos y expresiones según el entorno, eso claro que lo puedes hacer, estoy hablando de que tu mente es exactamente la misma en todos los lugares.
Y eso es lo peligroso de este sesgo: cuando caes en él, básicamente el sentido de tu vida lo dictan los objetivos o el estado financiero de tu empresa. Es como una relación de codependencia emocional con los altibajos del negocio, porque se hace muy difícil separar los estímulos que causan los resultados del negocio de tus emociones como dueño.
El efecto puede afectarte para arriba y para abajo. Si a la empresa le va bien, vives la ilusión de que tu mundo es perfecto. Si a la empresa le va mal, comienzas a vivir la ilusión de que incluso tu valor como persona ha disminuido.
Esto es peligrosísimo. Desde el punto de vista clínico puede ser el preámbulo para un trastorno de depresión, encontrándose una correlación muy alta entre las personas competitivas que miden su valor social en base a los logros empresariales.
El sesgo de confirmación del éxito.
Regresando a la influencia de las redes sociales, la verdad es que somos especialistas en ver solo la punta del iceberg. Esto es particularmente peligroso porque nos vuelve muy vulnerables a la narrativa psicológica de “rómpete la madre bien cabrón, y vas a ver el éxito”.
Claro que el esfuerzo tiene una correlación directa con los resultados, pero hablo de una promesa ridícula que nos quieren vender en redes sociales. Por ejemplo, está el caso de figuras como Gary Vee, que vende la cultura del “hustle” (chíngale 24/7). Lo que la gente no puede determinar es si él solamente lo dice en un video que dura 30 segundos y, terminando el video, sube los pies arriba del escritorio mientras las siguientes cuatro horas se la pasa mandándole memes a sus amigos, porque sus 50 empleados están haciendo toda la chamba.
Por eso insisto en que nos hemos convertido en una presa muy fácil. Estas confusiones nos llevan a perseguir sueños que ni siquiera nos gustan. Hemos distorsionado lo que queremos con lo que nos hacen creer que queremos. Y vaya que lo hacen muy bien. Ojo: esto no es nuevo, solo digo que ahora la afectación es masiva.
La realidad es que no hay nadie que pueda asegurar cómo se llega al éxito. A mí me dan risa las fórmulas que tratan de vender en internet, por el simple hecho de que el éxito es una construcción psicológica que difiere de sujeto a sujeto. Más allá de obtener algunos símbolos materiales que representan el éxito, lo que está verdaderamente buscando el ser humano es ser feliz.
Redefiniendo el éxito real.
Conviviendo con pacientes que son dueños de negocios y atendiendo a sus desafíos psicológicos, comencé a coquetear con el término “éxito sostenible”. No sostenible en el sentido ecológico, sino en el sentido psicológico de que el esfuerzo mental que pones en lograr los objetivos de un negocio nunca sea mayor a los dividendos que este produce.
De manera que ponemos primero tu supervivencia y salud como persona, no la de la empresa. Vaya que es complicado, porque ya venimos discutiendo en estas páginas lo importante que es la salud de la empresa para tu salud como dueño.
¿Existe una manera de buscar el éxito sin caer en sesgos?
Creo que es muy complicado. Al menos para el caso de mis pacientes, una de las primeras cosas que hacemos es definir según tu identidad, valores, etc. qué es lo importante para ellos, y comenzar a descartar todo esfuerzo o proyecto que les aleja de su propia versión del éxito.
En ese momento sale de manera natural cuánto esfuerzo está dispuesto a poner a cambio de estos símbolos de éxito de los cuales venimos hablando. Sería muy saludable que supieras cuánto estás dispuesto a sacrificar a cambio de algunos resultados. No para que evites el esfuerzo sino para que lo calcules bien.
Quiero repetir que tengo altísimo respeto por las personas que se esfuerzan, pero creo que ha llegado una época donde tenemos la obligación de cuestionarnos: ¿cómo puedo utilizar todas las herramientas psicológicas y tecnológicas que tengo a mi disposición para perseguir un éxito que se adapte mejor a mí y no a una idea que me han tratado de vender?
Lo más interesante de esta reflexión es que puede ser incluso una ventaja competitiva. Sigo pensando que en una mente clara y calmada se pueden construir mejores cosas. Claro que no hablo de la mente de Elon Musk, que sí está muy clara pero no calmada —y es públicamente conocido que es una persona con características neurológicas particulares que le dan esa fascinante intensidad—. Pero si tu cerebro es neurotípico, seguramente lo que más te ayuda es ese balance del que venimos hablando.
La pregunta que cambia todo.
Antes de que sigamos adelante, quiero que hagas una pausa aquí. Quiero que te hagas una pregunta que raramente nos hacemos con la profundidad que merece:
¿El éxito que estás persiguiendo realmente es tuyo?
No me refiero a si legalmente te pertenece o si lo vas a lograr con tu esfuerzo. Me refiero a si surge de tus valores más profundos, de lo que realmente te importa cuando nadie más está viendo, o si es una versión photoshopeada de lo que crees que deberías querer.
Porque aquí está el truco más grande de todos: hemos confundido el éxito que se ve bien con el éxito que se siente bien. Y esa confusión nos está costando nuestra paz mental, nuestra salud y, irónicamente, nuestra efectividad real como empresarios.
La buena noticia es que una vez que entiendes el truco, puedes elegir no caer en él. Y ese momento de elección consciente es exactamente donde comienza tu verdadero poder como empresario.
Obviamente te voy a preguntar: ¿Qué es el éxito para ti?
Abrazo.
Psic. Charly Medina.