Produces más, pero te sientes menos.
¿Has sentido culpa por tus resultados como empresario?
Esa sensación es más común de lo que crees.
Con los años he descubierto algo en consulta: los empresarios viven atrapados en paradojas. Una de las más comunes: tu negocio crece, pero tú te sientes vacío. Aumenta la facturación. Llegan más clientes. Produces más.
Pero tú te sientes sin valor. Y lo peor: te haces la pregunta equivocada.
“¿Qué me pasa? Mi negocio está bien. ¿Por qué me siento así?”
Entonces buscas la respuesta en más trabajo. Más cursos. Más innovación. Mejor software. La sensación desaparece mientras estás ocupado.
Pero regresa.
Te convertiste en una máquina de resultados. Y las máquinas no descansan, pero tú sí lo necesitas. Antes tenías un jefe que te explotaba. Pero había límites: horario, alcance, un contrato que regulaba la relación.
Cuando salías del trabajo, todo terminaba. Hasta el día siguiente.
Ahora no.
Ahora tú te explotas a ti mismo. ¿Cuánto? No lo sabes. Nadie lo sabe.
Cuando te conviertes en esa máquina de alta productividad pero psicológicamente insatisfecha, te conviertes en lo que Byung-Chul Han llama “el sujeto de rendimiento”.
Abriste una empresa para tener libertad.
Y terminaste preso. No solo de tu empresa, sino de un paradigma social donde debes dar resultados para tener valor. La idea de “Soy mi propio jefe” ya no suena tan agradable porque es una idea distorsionada. Y cuando estás dentro del paquete, no sabes cómo llegar a esa libertad que tanto habías soñado.
Aún con buena facturación, estás encerrado en una jaula mental. Pasaste de ser empleado a sentirte tu peor empleado y empleador.
Ya no tienes horario. No hay límite. Aunque nadie te dice “quédate”, lo haces. Y cuando sales de tu oficina sigues trabajando. Con o sin laptop, tu mente no para.
Como no hay un jefe que sea el malo de la película, te exiges más. Hay una línea muy delgada entre ser responsable de tu empresa y convertirte en tu propio explotador.
Te preguntas:
“¿Por qué no puedo más?” “¿Por qué otros sí y yo no?”
La ecuación que nos plantea la sociedad es simple:
Productividad = Valor humano.
Si no produces constantemente, no vales. Si descansas, estás perdiendo. Si paras, te quedas atrás. Este paradigma es invisible (como muchos que nos hacen daño). Todos lo vivimos. Nadie cuestiona lo que es “normal”. Hasta que algo se rompe.
¿Cómo se rompe?
Si te va bien, colapsas. Ese desbordamiento te lleva a un especialista como yo, y en pocas semanas arreglamos el problema de fondo.
Pero si no colapsas y eres de los “fuertes”, puedes pasar 40 años con una lucha mental que te robó el 80% del disfrute de la vida.
Ah, pero nadie se enteró. Porque eres fuerte. Eres chingón. Aguantas vara. Los síntomas físicos son ampliamente conocidos: insomnio, irritabilidad, tensión constante. Pero esto no es burnout como lo conocemos.
En el burnout tradicional alguien te está presionando. Aquí no. Eres tú mismo.
Tienes compromisos que te hicieron esclavo. Regresamos a la contradicción: buscaste ser empresario para tener libertad y terminaste siendo un preso más.
Es más como un agotamiento existencial. Sí, es más profundo que el burnout.
Amas tu empresa, pero es una relación de amor-odio. Sabes que te consume. Ves a otros empresarios felices, como si estuvieran permanentemente de vacaciones. No sabes cómo lo hacen. Te desespera.
Tu identidad está tan fusionada con tu negocio que solo te valoras si el negocio va bien. Por eso no has podido escapar de esa disponibilidad mental de 24 horas, 365 días del año.
Últimamente veo cómo un patrón se está normalizando en empresarios de 40 años:
“Más éxito externo = más presión interna”
“Mejores números = más miedo a bajarlos”
“Más crecimiento = menos paz mental”
Ese círculo vicioso se convierte en el modus vivendi.
Además de las consecuencias en tu salud mental—como el desarrollo de trastornos que incluso necesiten medicación—hay consecuencias en tu capacidad empresarial, social y familiar.
La mente agotada se hace una mente ausente. Desoptimizada.
Tu capacidad de decisión estratégica se deteriora.
Tu creatividad muere.
Tu familia te ve presente físicamente, pero ausente mentalmente.
Tu equipo absorbe tu agotamiento.
Y en todo este tiempo te sigues cuestionando a ti mismo. Recuerda: eres tu máximo explotador. No te das paz. Como no hay un jefe externo a quien culpar, internalizas todo.
Te cuestionas a ti mismo en lugar de cuestionar el sistema. Y eso es exactamente lo que lo hace más difícil de detectar y más difícil de cambiar.
Te preguntarás: ¿Me estás queriendo decir, Charly, que trabaje menos?
No. Esa no es la solución. Eso suena vacío y no va a resolver el problema.
La solución inicia cuando defines qué es ser productivo en tus términos, en tu contexto, en tu época familiar. Proteger tu mente no es lo opuesto a hacer crecer tu negocio.
Un proceso de crecimiento es demandante, pero precisamente cuando tu empresa te va a exigir es cuando más debes “presupuestar salud mental”.
Cuando tienes claridad, tomas mejores decisiones. Vives en sintonía con tu entorno.
Y sentirte bien sin culpa comienza a ser tu nuevo normal.
Cuando entiendes esto, tu agotamiento cambia.
Dejas de ser esa máquina que puede quedar obsoleta.
Ya no eres tu peor explotador.